I
Empezaba a llover. El sonido acuático salpicaba las avenidas. La ventana entre abierta dejaba pasar una brisa sucia.
-¿Y sueñas?-
Vio sus ojos iluminados por el reflejo azul de una ambulancia trasnochada. Dio unos pasos que sonaron para extender el aleteo de un enjambre hambriento de leche.
Las paredes deberían gritar, soltar los ecos aguardados tras la cal y la pintura perpetua.
El silencio los transportó al recuerdo. Seguía lloviendo, aumentaba el ruido, el veneno lento de un piquete ácido, salpicando la ventana.
El frágil sonido del agua.
-¿Y sueñas?-
Vio sus ojos iluminados por el reflejo azul de una ambulancia trasnochada. Dio unos pasos que sonaron para extender el aleteo de un enjambre hambriento de leche.
Las paredes deberían gritar, soltar los ecos aguardados tras la cal y la pintura perpetua.
El silencio los transportó al recuerdo. Seguía lloviendo, aumentaba el ruido, el veneno lento de un piquete ácido, salpicando la ventana.
El frágil sonido del agua.
II
Un rayo violentamente agrio le alumbró la cara.
Él atestiguaba el cambio de su piel, la mutación de su mirada.
Dejaron de hablar, y observaron el cielo que pasaba de un azul amoratado al naranja tosco mezclado con el humus gris. Quedaban expuestos al frío. La calle humedecida, repleta de moscas y bolsas negras de basura abarcaban espacios marchitos.
El tercer recuerdo se le pegó a la memoria, un grito brusco de reclamo.


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