
Se hace tarde y los papalotes urbanos flotan encimados, uno tras otro, sobre cuerdas flexibles, cuerdas azules, verdes, cuerdas rojas, lazos delgados, sostenidos de varillas oxidadas, sujetados por raquíticas y podridas tablas humedecidas con el tiempo, infladas por el agua penetrando su estructura descompuesta.
El viento se llena de olores engañosos: bosque floral, durazno avellanado, ternura otoñal… Jabón flotando hasta llegar a cualquier nariz aturdida por respirar humus toxico-mortal.
…Podría olvidarme de tu olor…
Una gata avanza, sus patas se arrastran, el piso helado, empolvado, con rastros de hormigas que disfrutan restos podridos, trozos de pan duro, terrones de azúcar, algunas hojuelas resquebrajadas y rancias del cereal que ya no desayunas. Debería comprar una alfombra de color marrón. Instalar un ventilador. Sustituir el cuadro de Van Gogh por una pintura moderna, un cuadro complicado lleno de colores ocres.
No cenaré ésta noche. El ritual de los panes y los peces ha quedado lejos en años luz. Quiero sentir hambre, dar vueltas y vueltas con la sensación de sed en mi entraña. Quiero secarme cuarenta días, quinientas mil noches. Alcanzar un éxtasis musical sin el vulgar deseo de pan y vino.
Llegar a la iluminación, inventar una filosofía que me permita salvarme de este apocalipsis-tele-depresivo. Ya no me asustan las luces neón que parpadean en cada esquina de la ciudad.
Mis vecinos gimen a las doce de la noche. Cogen sin disimular sus ruidos de placer. Imagino las fricciones de sus cuerpos, imagino los ojos de ella, su cuerpo menudo, sus piernas morenas, su sudor. Respiro, me dan tristeza, sé que son ellos quienes provocan el aumento en la población mundial. Pululan en hospitales los llantos de humanos recién paridos. Las moscas se multiplican a la velocidad de la luz y los infantes se hacen cada noche en los multifamiliares, en las vecindades de paredes color caqui, en las casas con piscina, en los hogares ardientes por la lamina de asbesto y el piso encementado, siempre hay un rincón para jugar a enamorarse de modo breve, como una rutina irrompible…
Mis vecinos gimen a las doce de la noche. Cogen sin disimular sus ruidos de placer. Imagino las fricciones de sus cuerpos, imagino los ojos de ella, su cuerpo menudo, sus piernas morenas, su sudor. Respiro, me dan tristeza, sé que son ellos quienes provocan el aumento en la población mundial. Pululan en hospitales los llantos de humanos recién paridos. Las moscas se multiplican a la velocidad de la luz y los infantes se hacen cada noche en los multifamiliares, en las vecindades de paredes color caqui, en las casas con piscina, en los hogares ardientes por la lamina de asbesto y el piso encementado, siempre hay un rincón para jugar a enamorarse de modo breve, como una rutina irrompible…
Odio mi intolerancia al cigarro, si supiera fumar me haría la interesante, observaría la ciudad desde mi azotea, fumando.
Colecciono notas, tickets, envolturas. Realizo cálculos primitivos, siempre me equivoco, dos y dos ¿cuatro?...
El polvo proviene de mí. Ayunaré durante unas semanas, seguro alguien tocará mi puerta. Sería bueno que él viniera. Podría inventarle una historia.
La luz de ciento veinte watts me aturde por las noches…
Él dice que deberíamos apagar la luz. Le confieso que en ésta colonia padecemos apagones, la ciudad es una lámpara intermitente, cansada… Cada semana un gato muere atrapado en el transformador.
Deseo morir de cualquier modo, menos electrocutado entre cables de luz. Dicen que en mi otra vida fui un gato.
Creo que es mejor que me aleje de ti, de tu colonia, de los recuerdos de una posible muerte trágica. Lo siento nena, me voy.
Creo que es mejor que me aleje de ti, de tu colonia, de los recuerdos de una posible muerte trágica. Lo siento nena, me voy.
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