miércoles, 17 de febrero de 2010

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Escondimos los zapatos en el ropero... Habíamos cenado media hora antes, en un lugar discreto, escondido de todos esos edificios modernos, repletos de luces, cargados de risas, invadidos de humo...

Un niño te ofreció flores rojas. Aún pienso que un día compraras media docena de libros antes que una flor para mi...


Deberíamos salir de la habitación, dar un paseo largo...

La ciudad seguirá ahí, con sus piedras redondas, con sus luces amargas, con sus iglesias cerradas a media noche.


Dentro todo era utileria, la cama, la ropa, el tic tac del reloj, los ruidos escondidos tras la ventana, las cortinas verdes de algodón, la lampara y su mustia luz de bostezo, la televisión sin canales pornográficos...

Estábamos ahí en el acto intimo de guardar silencio.


Deberíamos salir te dije.

La regadera, la placa de normas y derechos del huésped, la jarra de vidrio, los frágiles vasos transparentes, el papel de baño, unas hojas sobre un escritorio extraño, un rectángulo de jabón rosa Venus, mi cuerpo y el tuyo exigían quietud.


... Un día en mi casa construiré un columpio, encimado en el tronco de un árbol, jamás tendremos hijos, podrás abandonarme cuando quieras... ¿Por qué no desapareces con todo y tus palabras? Deberías irte hoy mismo....


Tendrás una casa...


Ahora disimulo. Cierro los ojos. Debería hacer más frío...


Eres feliz?


Sólo nos queda el frío....




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